Enseñanza

La igualdad de oportunidades*

El fallo del Tribunal Supremo limitando a dos el número de asignaturas suspensas para poder pasar a 2.º de Bachillerato (el Gobierno había establecido un máximo de cuatro) reavivó la polémica en torno al sistema educativo español, especialmente en lo que respecta al fracaso escolar y las medidas más convenientes para atajarlo. En su heterodoxo «Panfleto antipedagógico» escribe Ricardo Moreno Castillo que hay quienes piensan que defender una enseñanza rigurosa y disciplinada no es de izquierdas. Arguyen que elevar el nivel de exigencia en los estudios académicos va en contra de la igualdad de oportunidades, ya que siempre tendrán más facilidades para salir adelante aquellos jóvenes provenientes de familias con más medios económicos o mayor nivel cultural. Una falacia que no se compadece con la realidad de las cosas, ya que una forma de acortar esas diferencias sociales o económicas es precisamente mediante un mayor esfuerzo por parte de los más desfavorecidos.

En los primeros meses de la II República (durante el llamado bienio progresista) se aumentaron muy significativamente las becas destinadas a los hijos de los obreros para estudiar en el colegio municipal de Segunda Enseñanza de Sama de Langreo. El Bachillerato se iniciaba entonces con una prueba de ingreso a los 10 años. La superaron muchos de aquellos niños: era su primera gran oportunidad de no seguir fatalmente condicionados por su origen social.

Pues bien, disciplina, trabajo, afán de saber, así como «haber obtenido las mejores notas en los exámenes que se celebraron en las escuelas públicas del concejo» eran las condiciones para ser becario entonces. Por desgracia, la mayoría de niños y adolescentes se veía abocada a seguir trabajando en las minas o en las fábricas como sus padres.

Pero las normas del centro educativo langreano vienen a desmentir la falacia, pretendidamente progresista, de que exigir menos nivela las diferencias, cuando en realidad lo que hace es agrandarlas porque los condena a resignarse irremediablemente a los más desfavorecidos.

Los medios para estudiar son hoy infinitamente mayores. Otra cosa es que se aprovechen. Conozco a jóvenes que se lamentan de haber desperdiciado las posibilidades de aprendizaje y de promoción que les había ofrecido en su momento el instituto, aunque algunos salieron adelante siguiendo otras orientaciones.

En cualquier caso, ahora y siempre, el esfuerzo y la disciplina son imprescindibles para alcanzar cualquier meta. Un esfuerzo que, fundamentalmente, tiene que poner cada cual. Que no es nunca un regalo de los dioses. Declaraba Rebeca Miller, hija del desaparecido dramaturgo Arthur Miller, que una de las mejores cosas que había aprendido de su familia era el lema de levantarse cada mañana y volcarse en el trabajo sin necesidad de motivación alguna. Un hábito loable en tiempos en que nos invaden los portadores de mensajes lúdicos y pensamientos débiles.
Francisco Palacios.
*Artículo publicado en el diario La Nueva España el 16 de marzo de 2009

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